16 de febrero 2010
Los días transcurren y las ideas se acumulan. Hoy, éstas luchan entre sí para abrirse paso y ser atendidas. Como ocurre con tantas otras cosas en la vida, las ideas nacen acompañadas de un entusiasmo que, cuando no son trasladadas por una acción al áspero mundo de los hechos, poco a poco van perdiendo fuerza y energía, y fácilmente pasan al olvido.
He querido escribir primero de dos planteamientos hechos por mis alumnos en sus trabajos de maestría a propósito de la aparición del humanismo en México
Después de años de evadirlo, terminó en mis manos el libro de Jorge Portilla, la Fenomenología del relajo. La obra me decepcionó, y no encuentro aun razones que expliquen su continua publicación y relativa fama, salvo quizás la tratar un tema popular como el relajo, con una de las metodologías más obtusas que ha dado la filosofía, la fenomenología. Sospecho que si no fuera por esta monstruosidad, difícilmente hubiera despertado algún interés. Portilla, sin embargo, es uno de los representantes del grupo Hiperión, y en un pequeño texto publicado en Excélsior y recogido en la Fenomenología del relajo responde a la insidiosa pregunta de para que sirve la filosofía.